Los obispos de los Estados Unidos han emitido una declaración clarísima
sobre la investigación con células madre (stem cells)
No trata de los matices científicos de la cuestión, sino que ayuda al
lector a concentrarse en las cuestiones morales que involucra. La
declaración no está pensada como una condena, sino como una explicación. No
rechaza la investigación ni aquellos que podrían beneficiarse con esa
investigación, sino que llama a buscar el bien de los mismos individuos
preservando las estándares morales que protegen su dignidad y la del resto
de nosotros.
Esta declaración nos recuerda que hay grandes esperanzas médicas puestas
en terapias que utilizan “células madres de adultos”, que “pueden
obtenerse sin dañar al donante y sin ningún problema ético.”
Por otra parte, si se destruyen vidas humanas para alcanzar lo que
algunos consideran el bien superior que significa curar una enfermedad, al
usar ése argumento se socava la dignidad misma de la gente que se intenta
ayudar. “La misma ética que justifica tomar algunas vidas para ayudar hoy
al paciente de Mal de Parkinson o Alzheimer puede usarse para sacrificar a
ése mismo paciente mañana, si su supervivencia se considera desventajosa
para otros seres humanos.”
Al considerar las dudas que muchos tienen sobre la humanidad real del
embrión, la declaración nos recuerda: “De la misma manera que cada uno de
nosotros ha sido adolescente, niño, recién nacido y un niño en el vientre,
todos hemos sido alguna vez un embrión.”
Y a quienes reconocen la humanidad del embrión pero no su derecho a la
protección, los obispos advierten: “Si derechos fundamentales como el
derecho a la vida se fundan en habilidades o cualidades que pueden aparecer
o desaparecer, crecer o disminuir y ser mayores o menores en diferentes
seres humanos, entonces no hay derechos humanos inherentes a la persona, no
hay auténtica igualdad sino privilegios de los más fuertes.”
En el fondo los seres humanos nunca pueden ser considerados como un medio
hacia un fin o un mero objeto de investigación. El límite moral de la
actividad humana en cada ámbito se resume diciendo que las personas no
son cosas. Cada ser humano es una persona humana y una persona nunca es
un producto. Desde la pornografía hasta el aborto, desde la opresión hasta
la guerra injusta, desde el Holocausto hasta la destrucción de embriones, en
todo esto se observa la violación del mismo principio. La única respuesta
adecuada a la persona humana es el amor.
La Iglesia no se opone a la investigación o al progreso de la ciencia
médica. En efecto, esta declaración es una afirmación de esa realidad,
porque al reafirmar las claras líneas morales que la investigación nunca
debe traspasar, la Iglesia alienta a los investigadores a trabajar con más
ahínco para descubrir alternativas que provean los beneficios que todos
buscamos preservando los cimientos morales que proveen los argumentos para
la búsqueda de esos beneficios. Y esas alternativas están viendo la luz, un
hecho que puede ayudar aún a aquellos que justifican la destrucción de
embriones a darse cuenta que no hay razón para emprender ese camino.
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