La pesadilla de
un abortero
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El Dr.
McArthur Hill se ganaba la vida matando niños. Ahora se ha arrepentido. Durante
una conferencia de ex-aborteros, narró sus pesadillas:
“En mis
pesadillas asistía al nacimiento de un bebé sano, tomaba a ese bebé sano y lo
levantaba, después miraba a un jurado de gente sin rostro a quienes les pedía
que me dijeran lo que tenía que hacer con el niño. Ellos hacían un gesto con los
pulgares hacia arriba o hacia abajo y si señalaban hacia abajo con el pulgar
entonces debía arrojar al bebé en un balde de agua que se encontraba allí mismo.
Nunca llegué a tirar al bebé en el balde porque en ese momento siempre me
despertaba. Sin embargo, para mi era obvio que algo estaba pasando en mi mente,
de manera subconsciente.”
He ayudado a
muchos aborteros a hacer la transición del asesinato de bebés al arrepentimiento
y puedo dar fe que la experiencia del Dr. Hill no es infrecuente. De hecho, su
pesadilla revela algunos aspectos comunes del sufrimiento de los aborteros.
En primer
lugar, observen que el Dr. Hill tiene en sus manos un niño recién nacido “sano.”
Los abortos se practican a niños sanos que van a nacer, pero en esta
pesadilla la conciencia del doctor le está recordando que un bebé es un bebé y
que las mentiras de la propaganda pro-aborto que quieren hacer creer al público
que el aborto se practica solamente por “razones de salud” son exactamente eso:
mentiras.
Más
significativo aún es el hecho que el abortero muestra el bebé a un grupo de
gente. ¿Que pasó con la naturaleza “privada y personal” del aborto? Los
abortistas lo saben. Es una industria pública, una batalla pública y aunque no
les guste, el mundo los está mirando. Están cometiendo actos malos que la
humanidad misma, en el juicio de la historia, considera igualmente malos que el
genocidio y los holocaustos. Así es, este acto “privado” es en realidad algo
público.
Los
propagandistas del aborto quieren presentar esta cuestión como “la elección de
una mujer y nada más.” Pero la pesadilla del abortero cuenta una historia
diferente. La madre está ausente. Es la sociedad representada por un jurado de
pares, la que está haciendo la elección. Esto representa tanto el resentimiento
del abortero como su intento de evadir la responsabilidad que le cabe. “No es
que yo esté a favor del asesinato de bebés,” dicen muchos abortistas. “Se trata
simplemente de proveer un servicio que si yo no lo presto, algún otro prestará
con menos profesionalismo. La sociedad ha dispuesto que esta elección esté
disponible, y eso es bueno, pero alguien tiene que hacerlo.”
Finalmente, el
jurado “no tiene rostro.” ¡Por supuesto! Nadie quiere hacerse cargo del aborto
legal. Los legisladores le echan la culpa a las cortes, los jueces a la
jurisprudencia, otros señalan a la “ley de la nación.”
¡Es hora de
que las pesadillas de los aborteros nos despierten a todos! Este es el momento
de poner nuestro propio rostro en esta cuestión y asumir la responsabilidad que
nos toca, saliendo de la multitud sin rostro para proclamar: ¡Hasta aquí llegó
el asesinato! ¡De ahora en adelante no callaré!