La recienta encíclica de nuestro Santo Padre sobre la Eucaristía, nos
recuerda que este misterio central de nuestra Fe pertenece a ambos mundos, y nos
llama a ser, al mismo tiempo, ciudadanos del cielo y de la tierra. "En
efecto, aunque la visión cristiana fija su mirada en un "cielo nuevo" y una
"tierra nueva" (Ap. 21,1), eso no debilita, sino que más bien estimula nuestro
sentimiento de responsabilidad respecto a la tierra presente. Deseo recalcarlo
con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan
más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía
terrenal." (Ecclesia de Eucharistia, 20)
Esta es una de las lecciones más prácticas e importantes en la espiritualidad
católica y a menudo se resume suscintamente en la frase, "en el mundo pero no
del mundo". ¿Por qué, entonces, uno que espera el mundo futuro no debe
simplemente sentarse a esperar? ¿Por qué nuestro esfuerzo por mejorar este mundo
no es lo que una vez me dijo un Testigo de Jehová, "como limpiar los vidrios en
el Titanic"?
La razón se explica bellamente en el número 39 de la Constitución Pastoral
sobre la Iglesia en el Mundo Moderno (Gaudium et Spes) del Concilio Vaticano
II. Si bien no debemos confundir el progreso terrenal con el crecimiento del
Reino de Dios, no debemos verlos como si estuvieran desconectados. A través de
nuestra cooperación con la gracia, podemos traer algún bien al mundo. Podemos
trabajar por una sociedad más justa, por la reconciliación de las razas, por
mejores condiciones de trabajo, y por la defensa de los niños por nacer. Podemos
elegir funcionarios que respeten la vida y trabajen por la paz con justicia.
El florecimiento pleno del Reino de Dios no está dado por el incremento
constante de estos frutos de nuestro trabajo, sino con la segunda venida de
Jesucristo. En cada misa decimos que "esperamos con gozosa esperanza la gloriosa
venida de nuestro Salvador". Sin embargo, cuando venga, el bien que hayamos
hecho en la tierra no desaparecerá. En cambio será tomado y purificado por
Cristo, y transformado en un elemento interminable del mundo futuro.
Las oraciones de cada misa nos ayudan a evitar los dos extremos que consisten
en pensar que construiremos el cielo en la tierra, o simplemente sentarnos a
esperar que el cielo remplace a la tierra. En el ofertorio rezamos, "este pan,
fruto de la tierra y del trabajo del hombre que recibimos de tu generosidad y
ahora te presentamos será para nosotros Pan de Vida". En otras palabras,
nosotros no hacemos el cuerpo de Cristo, pero hacemos el pan. No nos sentamos y
esperamos que el Cuerpo de Cristo caiga del cielo sobre el altar. En cambio,
presentamos a Dios el trabajo del hombre, que su Espíritu transforma.
Del mismo modo, trabajamos para renovar la tierra, y su Espíritu transforma
los frutos de nuestro trabajo al fin de los tiempos.
En pocas palabras: ¡estamos llamados a ejercer una ciudadanía eucarística!
Sacerdotes por la Vida
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