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Los abortivos : El otro dolor prohibido

Janet Morana, Directora asociada de Sacerdotes Pro Vida

Nací en Brooklyn, Nueva York en 1952 y crecí educada en escuelas católicas. Yo soy la mayor de cuatro niños con 14 años de diferencia entre el mayor y el menor de mi familia. Me gradué en la universidad en 1974 y me casé en 1975. Era una época en la que mi fe católica ya no parecía tener sentido y gradualmente me convertí en católica no practicante. Al mismo tiempo todos mis amigos se estaban casando y casarse parecía el siguiente paso a tomar o, al menos, eso pensaba.

Nos comprometimos a casarnos después de salir con mi futuro marido durante tres meses. Desde entonces las cosas se aceleraron muy rápido hasta el día de la boda. En las clases prematrimoniales el cura nos contó que si hubiera realmente una buena razón para retrasar el comienzo de una familia, entonces la píldoras para controlar la natalidad eran una opción que se podía tener en cuenta. De lo que no me di cuenta fue de que era un mal consejo teológica, espiritual, psicológica y físicamente hablando.

Como era la mayor de cuatro hermanos y durante muchos años tuve experiencia con pañales y cuidado de niños, pensé que retrasar el comienzo de tener hijos era una buena idea. También había tomado la píldora en el instituto (aunque no tenía una vida sexual activa) como me lo prescribió mi ginecólogo para problemas menstruales. Ahora un cura y un médico me dieron luz verde para tomarlas y así comencé mi viaje por la pendiente resbaladiza.

Tres meses antes de mi boda empecé a tomar la píldora. Continué tomando la píldora durante dos años hasta que pareció que era el momento de empezar a tener hijos. Cuando dejé la píldora, quedé embarazada inmediatamente y tuve una preciosidad de niña. Puse los cinco sentidos en intentar ser tan buena madre como pudiera y por eso, retrasé el momento de tener otro hijo. Así que volví a tomar la píldora hasta que mi hija tenía trece meses. En ese momento, pensé que ella necesitaba un hermano y dejé de tomarla. Otra vez, quedé embarazada casi de inmediato. De esta forma, aprendí la lección de que no tomar la píldora equivale a tener innumerables niños.

Esta vez tuve unas preciosas niñas gemelas. En esta época se reveló la información que demostraba que tomar píldoras acarreaba riesgo de coágulos y parálisis. Como había un historial de parálisis nerviosas en mi familia temí volver a tomar la píldora. Yo no conocía los métodos de control de natalidad naturales, de hecho, el único método natural que conocía era el antiguo método del "ritmo", que era considerado como muy poco fiable. Como mi matrimonio estaba asentado en la relación física podéis imaginaros la cantidad de discusiones y peleas que comenzaron. Cuando las gemelas tenían tres años pensé que estaba embarazada otra vez. Fue sólo un susto pero suficiente como para hacerme tomar medidas drásticas. Me hice una ligadura de trompas. Entonces creí que había resuelto todos mis problemas.

Yo siempre he acogido todas las cosas que el movimiento feminista promovía como liberador y favorecedor de las mujeres. Pero yo no me sentía liberada y cada vez me sentía más y más atrapada en un mal matrimonio.

Cuando mi matrimonio comenzaba su espiral hacia abajo me centré cada vez más en mis tres hijas. La buena noticia es que retomé mi fe católica. Al tiempo que empezaba a redescubrir mi fe y las enseñanzas de la Iglesia, entendí el precioso plan divino para el matrimonio, incluso entendí de qué iba el método de control de la natalidad natural.

Al mismo tiempo comprendí cómo funcionaba la píldora. Pensé que la píldora era para la fertilidad cuando en realidad no es así. La píldora actúa sobre el óvulo ya fertilizado antes de implantarse en el útero. En otras palabras, las píldoras actúan como abortivos.

No me di cuenta del impacto que esta información tendría en mi, hasta varios años después cuando estaba con un amigo visitando Epcot Center en Disney World. Fue en la exhibición Wonder of Life cuando me di perfecta cuenta de las consecuencia de mis acciones para controlar la natalidad. Cuando empecé a ver un video que mostraba la maravilla de cómo comenzaba la vida, entendí que tomar la píldora en realidad significaba abortar una nueva vida. En los años en que estuve tomando la píldora yo era sexualmente muy activa. También comprendí que era una mujer extremadamente fértil. Sabiendo esto, no tengo ninguna duda de que había concebido nuevas vidas muchas veces, pero nunca les había dado a estas pequeñas criaturas la oportunidad de crecer dentro de mí. Por primera vez en mi vida, me di cuenta del hecho de que no sólo me había cerrado la puerta a mí misma a la vida, sino que había destruido un número indeterminado de niños. Salí de la exhibición y había una gigantesca fuente de agua cercana. Avancé hasta ella y comencé a llorar desconsolada. Estuve así durante bastante rato absorta en mis repentinos sentimientos de pena y remordimiento. Por primera vez era consciente de las consecuencias de todo lo que había hecho.

Mientras mi trabajo en el movimiento pro-vida continuaba, yo era más consciente del daño que el aborto hace a las mujeres. Me di cuenta de que muchas de estas mujeres se habían sentido solas con su dolor pero que habían encontrado cura y consuelo. Estas mujeres que venían en busca de sanación necesitaban ser una voz para otra mujeres que están aún atrapadas en el dolor secreto del aborto. Yo participé en la fundación de la campaña "Silent no More Awareness" (Conciencia de no más silencio).

La mayoría de la gente que trabaja en ayudar a la gente después del aborto sólo reconoce el dolor y la pena del aborto quirúrgico. Pues desde el fondo de mi corazón puedo decir que la pérdida que experimenté es tan real como si hubiera sido aborto quirúrgico. De hecho, las mujeres que sienten esta pérdida al usar abortivos generalmente tienen un sentimiento de pérdida y dolor tan grande como las demás. E incluso existe un problema mayor: nadie, ni siquiera los que están en programas de recuperación post-aborto, se dan cuenta de la necesidad de llegar a aquéllas como nosotras que sufren en silencio. Sé que no estoy sola. De hecho, cuando hablo en conferencias sobre la campaña "Silent No More Awareness" se me acercan muchas mujeres que comparten su pena por tomar durante años abortivos.

Hay buenas noticias. Fui capaz de captar estos sentimientos de pena y pérdida recientemente en el retiro de la Viña de Raquel. Era el primer paso para validar mis sentimientos y empecé a ver mi pérdida con una nueva luz. Estoy aquí para decir que no estaré en "Silencio nunca más" sobre los niños que son abortados a través del control de natalidad y sé que otras mujeres comparten mis sentimientos. Estoy segura de que no soy la única mujer con un testimonio como éste. Me gustaría que otras mujeres que quieran compartir su experiencia me la envíen. Voy a crear una sección en la web Priests for Life para estos testimonios. Rompiendo el silencio sé que podemos ayudar a muchas familias a darse cuenta del daño que está haciendo en sus vidas el control de la natalidad. También me gustaría llegar a todas las que sienten el dolor que he descrito y decirles que también pueden dar los primeros pasos para curarse.

Para encontrar más información sobre la asistencia al retiro de la Viña de Raquel, puedes ir a www.rachelsvineyard.org o puedes contactar conmigo directamente en testimony@priestsforlife.org.

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